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La Locura

18 enero 2010 2 comentarios

Octavo Cerco/Cubanitoweb

Este artículo de Octavo Cerco demuestra como ese sueño de los comunistas cubanos de una potencia médica y de eliminación de la pobreza es una quimera, lo que ha ocurrido en más de 50 años de opresión y dictadura castrista es el empobrecimiento de los ciudadanos hasta niveles inadmisibles, la foto es más que elocuente así como la desidia en el hospital siquiátrico donde fallecieron varios internos por hipotermia. En definitiva, la repartición de miseria lo que genera es más miseria.

Foto: Claudio Fuentes Madan

Carla padece de depresión crónica desde que cumplió 22 años. La he acompañado a ver sicólogos de centros de ayuda, a ver especialistas en el Clínico Quirúrgico y en el Calixto García, a sesiones de espiritismo, a grupos de terapia, a tratamientos de curación alternativa y a Mazorra.

Después del Prozac, la imipramina y la trifluoperazina, la comprensiva indiferencia de los médicos y el peloteo de los tratamientos, nunca fue diagnosticada. Su fe en la psiquiatría cubana terminó con una visita a Mazorra. La acompañé a hacerse un examen y –en ida y vuelta– tomó la decisión más importante de su vida: Se acabó el tratamiento, se acabó el hospital, adiós a los psiquiatras. Asumió con estoicismo su condición y desde entonces, cuando cae en crisis, se encierra en su casa a leer como una demente y no se pierde una tanda en la cinemateca, así supera sus depresiones.

El panorama, no puedo negarlo, no dejaba opción para medias tintas. Yo recordaba las imágenes del televisor, donde un grupo de ancianas muy alegres y maquilladas –en un portal de ensueño lleno de plantas y sillones– leían novelas o ensayaban coros hermosos. Era la única imagen que tenía del famoso hospital.

Nada más traspasar la Admisión unos veinte viejitos limpiaban con escobas de paja la calle principal, con ropas raídas y dientes negros revolvían la maleza que habían acumulado en busca de cabos de cigarro. Uno me increpó, con voz llorosa me pidió uno. Cuando se lo di, los otros 19 se abalanzaron sobre nosotras. Les dejé la caja.

Atravesamos casi todo el hospital hasta llegar al pabellón que nos habían indicado, el paisaje era desolador. No podía definir quiénes estaban locos, si los ingresados o los que los ingresaban, porque meter a una persona con trastornos mentales en un lugar tan horrendo es como condenarle a la alienación absoluta. Reconocí a algunos de los mendigos que pululan por la calle 23, me sorprendió verlos con la misma estampa de churre y semidesnudos, siempre había creído que se escapaban del hospital, y que cuando los encontraban los alimentaban y los vestían.

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