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Respuesta a Silvio Rodríguez

2 abril 2010 5 comentarios

Libremente/Cubanitoweb

Solo agregar que ya las bravuconadas y metáforas adormecedoras ideológicas de estos seres sin paz en su alma, no amedrentan a nadie. Tremenda respuesta de C.A. Montaner, Silvio, tú todavía: LE DEBES UNA CANCIÓN A TU PUEBLO!

El periódico Granma contra Silvio. Ellos mismos!!

Carlos Alberto Montaner

El cantautor Silvio Rodríguez me ha hecho una pregunta públicamente. Se la voy a responder. Es un magnífico y admirado compositor al que debe tomársele en cuenta. Dice Silvio: “Si los miles de cubanos que perdimos familia en atentados de la CIA hiciéramos una carta denuncia ¿la firmaría Carlos Alberto Montaner?” La pregunta forma parte de lo que parece ser un poema o la letra de una canción inédita. El texto se titula Preguntas de un trovador que sueña y está disponible en un website llamado kaosenlared.net, vertedero ideológico en el que es posible leer elogios a los narcoterroristas de las FARC o a los asesinos de ETA, pero donde, de vez en cuando, aparecen críticas lúcidas a la dictadura cubana.

Por supuesto, Silvio: yo firmaría esa denuncia. La CIA, como todos los servicios de inteligencia, ha hecho cosas deplorables que merecen ser censuradas. Y las ha hecho el ejército estadounidense cuando maltrató cruelmente a los prisioneros. Y las sigue haciendo el Departamento de Justicia de Estados Unidos, y hasta la Corte Suprema, cuando priva a ciertos detenidos del amparo de la ley. Todo eso, incluida la pena de muerte, me parece abominable y contrario a un verdadero Estado de Derecho en el que se respeten las libertades individuales.

Ahora, Silvio, me toca preguntarte a ti: ¿firmarías una carta en la que se denunciaran los atropellos a los presos políticos cubanos y el acoso a las Damas de Blanco? Una carta en la que mostraríamos nuestro respeto por Orlando Zapata Tamayo, Guillermo Fariñas y todo aquel dispuesto a morir defendiendo su dignidad de ser humano. Una carta en la que solicitaríamos la condena a los policías responsables de la muerte de 41 infelices, la mayor parte niños y mujeres, que huían de Cuba en un barco en la madrugada del 13 de julio de 1994. Una carta en la que los cubanos les pediríamos perdón a los somalíes por la matanza de miles de personas llevada a cabo en 1977 y 78 por el ejército cubano en la Guerra de Ogadén, cuando Cuba se alió a la dictadura etíope. Una carta en la que se condenara la censura, el dogmatismo, el partido único, la persecución a las personas por tratar de defender sus ideas políticas, sus creencias religiosas, sus preferencias sexuales. Una carta en la que les dijéramos a los hermanos Castro que 51 años es un periodo demasiado prolongado para continuar imponiéndoles a los cubanos un sistema fallido y cruel en el que ya casi nadie cree, comenzando por ti, Silvio, y por tu talentoso hijo “Silvito”, músico, como tú, a quien apodan “el Libre” para diferenciarlos, porque Silvito ha decidido cantar y decir lo que piensa.

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Las huellas morales de la Revolución

18 enero 2009 2 comentarios

Carlos Alberto Montaner/Cubanitoweb

Una república latinoamericana e hispanocatólica

Las Huellas morales de la Revolución

Las Huellas morales de la Revolución

En enero de 2009 se cumple medio siglo del comienzo de la Revolución comunista en Cuba. Hasta 1959, la sociedad cubana vivía dentro de las coordenadas culturales latinoamericanas, un territorio que va desde la muy europea Argentina hasta Guatemala, de raíces y costumbres indígenas. En el terreno moral, los cubanos —aunque no fueran particularmente religiosos— suscribían los valores de la vieja tradición hispanocatólica, matizados por cierta influencia africana en el terreno de las devociones. 

Aunque la cubana era —como la uruguaya y la costarricense— una sociedad sin manifestaciones extremas de religiosidad, a mediados del siglo XX la inmensa mayoría de la población estaba bautizada, se decía creyente y buena parte de los grupos sociales urbanos medios y altos se educaban en escuelas católicas o protestantes. En suma, los cubanos de entonces llevaban la impronta religiosa y moral del cristianismo, con su particular valoración ética de la realidad y la hipotética sujeción a los códigos de esa tradición religiosa.

Entre los dirigentes cívicos de todas las tendencias, eran frecuentes el culto y la referencia a las revoluciones norteamericana y francesa, y las creencias políticas de los cubanos eran las de los pueblos republicanos surgidos de la Ilustración: democracia, pluripartidismo, gobierno limitado, separación de poderes, derechos naturales inalienables —incluida la propiedad privada—, constitucionalismo e igualdad y subordinación de todos al imperio de la ley. Lo demuestran las cuatro constituciones redactadas en el siglo XIX, mientras los cubanos luchaban contra España (Guáimaro, 1869; Baraguá, 1879; Jimaguayú, 1895, y La Yaya, 1897),, y las dos promulgadas tras el fin de la Colonia; todas reveladoras de valores republicanos clásicos, aunque, ya en el siglo XX, al ordenamiento convencional republicano se le fueran agregando convicciones extraídas del recetario socialdemócrata, como en la Constitución de 1940 y en los programas del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), del ABC y del Partido Ortodoxo.

El campo de las ideas económicas estaba condicionado por creencias afines. A mediados del siglo XX, pese a los constantes llamados a la “justicia social”, los cubanos eran individualistas, particularmente emprendedores y defendían la propiedad privada. Los campesinos soñaban con ser dueños de su parcela de tierra, y en las ciudades se creaban numerosas empresas y establecimientos comerciales. El historiador y geógrafo Leví Marrero[1] aseguraba que en esa época Cuba tenía el mayor número de establecimientos comerciales por millar de habitantes en todo el continente latinoamericano. Incluso los elementos más radicales, lejos de condenar el capitalismo, defendían el reparto de los latifundios para crear una masa de campesinos propietarios.

Vale la pena reproducir un breve párrafo de La historia me absolverá, el célebre discurso de Fidel Castro, donde describe la atmósfera política de aquel convulso 1952:

Os voy a referir una historia. Había una vez una república. Tenía su Constitución, sus leyes, sus libertades, Presidente, Congreso, tribunales; todo el mundo podría reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo y ya sólo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos, y en el pueblo palpitaba el entusiasmo. Este pueblo había sufrido mucho y si no era feliz, deseaba serlo y tenía derecho a ello. Lo habían engañado muchas veces y miraba el pasado con verdadero terror. Creía ciegamente que éste no podría volver; estaba orgulloso de su amor a la libertad y vivía engreído de que ella sería respetada como cosa sagrada; sentía una noble confianza en la seguridad de que nadie se atrevería a cometer el crimen de atentar contra sus instituciones democráticas. Deseaba un cambio, una mejora, un avance, y lo veía cerca. Toda su esperanza estaba en el futuro.

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