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Piratas del Caribe

21 enero 2011

El Pequeño hermano/Cubanitoweb

Nos permitimos reproducir este excelente artículo ya que eso se nota , se “vive” en las calles habaneras. Es como una droga, tengo un amigo que anda loco por un DVD player para poder grabar todo lo que pueda de series,películas y musicales, lo hace para escapar de la avasalladora y cual mantra de monjes es la repetición de las consignas comunistas.

De la mano con la tecnología

Apenas recibe en sus manos el hard disk en su caja protectora, repasa mentalmente los números de los clientes fijos a los que deberá avisar. Es una especie de reflejo condicionado por la premura de ganar dinero. Pero eso será más tarde. Ahora, lo primero es pagar al chofer de la guagua que ha transportado desde la Habana hasta el otro extremo del país este disco duro portátil, con un tesoro consistente en muchos gigabytes de información.

Tres pesos convertibles para el chofer (setenta y cinco pesos cubanos), las gracias por su seriedad. En el otro extremo de la Isla, desde el Occidente, su compañero de negocios lleva cada semana el dispositivo hasta la terminal de ómnibus, y allí contacta al chofer de turno que será el encargado de trasladar la mercancía esta vez. Le da las señas de quien irá a recoger el envío, y como precaución anota la chapa del ómnibus y el nombre del conductor. El mismo procedimiento se sigue del otro lado para enviarlo de vuelta a la capital.

Ahora guarda su dispositivo en una mochila, y echa a rodar la bicicleta por entre las calles moribundas de la ciudad.

¿Qué busca? Quizás, un teléfono seguro desde el cual avisar a los clientes: “El paquete llegó, ¿te lo llevo ahora?” Pero antes de comenzar la transacción debe asegurarse de que la mercancía tiene la calidad precisa, y que está completa: pedalea hasta su casa, conecta el hard disk, verifica: sí, los 110 gigabytes están allí, en la carpeta con la fecha de la última semana transcurrida.

Luego revisa superficialmente –no tiene tiempo de verlo todo- para comprobar que la calidad de video es buena, o aceptable. Nadie quiere pagar lo que no se ve bien.

Y por último, los contactos: ir a la casa de uno por uno, conectar el disco duro, dar “Copiar” a la carpeta señalada, y “Pegar” en el espacio que el cliente ha determinado para ello. Nunca menos de 100 gigabytes, nunca mas de 120. Ese es el promedio.

¿Qué es lo que contiene ese dispositivo, que ocupa tanto espacio digital y que posee una demanda inflamable a nivel de sociedad? Información, de diversas índoles. Una de las carencias más acuciantes para el cubano anclado a su Isla flotante y silenciosa.

Lo mismo noticieros de America TeVé y la Mega, que shows televisivos de alta demanda entre la comunidad hispana de los Estados Unidos. Desde partidos de futbol transmitidos en vivo por ESPN, hasta los capítulos de culebrones mexicanos especialidad de Univisión. Películas de estreno, documentales de Discovery, conciertos musicales de cuanta estrella –sobre todo latina- aparezca en los glamorosos escenarios del mundo.

En total, 110 gigabytes que pretenden apresar una semana de televisión por cable, y que por la suma de 4 pesos convertibles (100 pesos cubanos) se descargan en el ordenador personal de un cubano que, de otra forma, jamás tendría acceso a esta variada gama multimedia.

En algunas ciudades de Cuba con mayor poder adquisitivo estos paquetes semanales llegan a costar 10 pesos convertibles. En otros, sobre todo provincias de Oriente con menor flujo de dinero, oscila entre los 4 y los 6. Depende del lugar, depende del proveedor.

¿Cómo obtienen los distribuidores locales este amasijo de información y entretenimiento, de qué manos específicas? Pues de los arriesgados, semi suicidas que mayormente en la capital del país instalan una antena parabólica en sus azoteas, y ponen ofrendas a los Orishas para que ningún vecino decida informar a la policía de su grave violación a la legalidad.

Las antenas, como artefactos de guerra, se disimulan con toda clase de artimañas: lo mismo una frondosa mata de uva, que un alero de cemento. A veces, una pintura que la haga perderse en un fondo del mismo color. Ingenio jamás les ha faltado a los cubanos en su eterno empeño de subsistir.

Estos kamikazes con parabólicas, que se exponen a multas desorbitantes o incluso a penalizaciones de mayor gravedad (pueden perder sus domicilios, o terminar en la cárcel si son reincidentes), graban en sus computadoras todas las emisiones de los programas de interés popular. Y venden los packs a los distribuidores de calle por todo el país.

Gracias a semejantes métodos son leídos en Cuba los blogs independientes, los textos incendiarios que aparecen en la red, las publicaciones de diarios como el Nuevo Herald o BBC: un privilegiado con acceso a internet –legal, en sus centros de trabajo; o ilegal: instalada en su casa gracias al mercado negro- descarga los artículos y los distribuye entre sus conocidos gracias al milagro de las memory flash. A veces cobran también por ello. Otras, lo hacen por elemental solidaridad.

Pero de algo sí estoy seguro: no creo que estos renovados piratas del Caribe, piratas criollos que viven del contrabando de gigabytes y derechos de autor, tengan conciencia de hasta dónde su empeño comercial forma parte de una democratización cubana que debe comenzar, elemento básico, por el acceso a la información.

Detrás de su censurable ilegalidad –analizando el hecho según códigos internacionales de respeto a la propiedad intelectual-, subyace una realidad contundente que no es muy difícil dilucidar: no ha existido peor enemigo del régimen cubano, en su más de medio siglo de existencia, que la tecnología. No ha habido enemigo más mortal, subyacente e incontrolable, que internet.

Se trata de un ejército de memorias flash, de computadoras armadas a retazos, de reproductores de DVDs hasta hace muy poco también ilegales, que han destruido el aislamiento profundo que sufre un país desconectado del planeta. Y contra este ejército, está probado que los regímenes totalitarios de hoy, no saben, no pueden pelear.

Gracias a la piratería los cubanos saben, hoy, que fuera del agua que los circunda hay otro mundo distinto al que la tele les cuenta. Gracias al contrabando de música, de películas acabadas de estrenar, de audiovisuales con otras formas de mirar la realidad, han descubierto, paso a paso, tímidamente, las razones verídicas por las cuales no les dejan viajar.

No me extrañaría que, si bien en el pasado fueron proscritos los Beatles del panorama nacional, ahora a la serie española Callejeros Viajeros, con sus periodistas trotamundos y con la fanática audiencia clandestina de mi país, el establishment la declarara material no grato en tierras de Revolución.

A mis amigos, los piratas de mi país insular: por desgracia no soy aún autor de ninguna obra cuyos derechos sean dignos de ser violentados. Pero aspiro a serlo. Si alguna vez una sola palabra mía, una pieza minimalista salida de mi teclado, merece ser descargada de internet, rapiñada a editoriales o compromisos legales, en función de distribuirla a los hermanos de mi tierra enmudecida, no me pidan públicamente aprobación, porque no podré hacerlo.

Pero cínicamente les digo: sepan que interiormente los apoyo, con el mismo convencimiento y vehemencia con que destiné, en el pasado, cuatro pesos convertibles para respirar un poco de libertad. La piratería no es el verdadero crimen. Lo es la desinformación.

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  1. 27 enero 2011 en 10:54 pm

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  1. 21 enero 2011 en 7:50 pm
  2. 21 enero 2011 en 9:17 pm
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