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La porra, el odio y los monstruos de Goya

13 septiembre 2010

Raúl Soroa /Cubanitoweb

Este extraordinario escrito muestra la intolerancia generada en una sociedad cuando se considera traidores a una parte de la misma, es una nueva forma de apartheid y fascismo. Las hordas gubernamentales y los propios ciudadanos, castrados de su identidad, son también obligados a participar. Yo mismo viví esto en la CUJAE, como obligaron a besarse a dos muchachos acusándolos de homosexuales, algo asqueroso y denigrante. Al destruir la familia, se destruye la patria. Agarren mínimo los venezolanos, esto ocurre ya aquí, con los círculos bolivarianos, la Piedrita y las propias misiones!!!!. No digan después que no se les dijo, que no sabían!. La intolerancia y el odio está ya sembrado en Venezuela!!.

Mitin de repudio a las Damas de Blanco

LA HABANA, Cuba – Septiembre www.cubanet.org – Los gritos llegaron primero atenuados por el ruido ambiente, luego se fueron haciendo más nítidos, más claros.
– ¡Que se vaya la escoria!
– ¡Que se vaya!
– ¡Pin Pon fuera, abajo la gusanera!
No podía creerlo, de nuevo la porra, de nuevo la histeria, de nuevo la avalancha fraticida queriendo imponer a la fuerza sus criterios.
Varias personas contemplaban consternadas desde la acera de enfrente donde se desarrollaba el acto de repudio a la turba enardecida que arrojaba piedras, insultaba, amenazaba. Eran más de cien individuos, la mayoría ancianos. Enarbolaban cabillas envueltas en periódicos, palos, hierros. Imponían sus rostros deformados por la ira. Una rara asociación me llevó a los monstruos de Goya. “Saturno devora a sus hijos” o aquellas fantasmagóricas figuras de su serie negra. Se concentraban sobre una humilde casita de madera con techo de tejas. Una lluvia de piedras caía sobre el portal.
Me acerqué poco a poco.
– ¿Qué sucede?, pregunté a un joven que contemplaba sonriente la escena.
– Na’, ahí vive uno de esos mercenarios, un tipo de los “desechos humanos”.
Una señora agregó:
– El hijo es anormal.
Lo dijo como si con aquella afirmación aclarara algo, como si existiera alguna relación entre una cosa y la otra. Una gorda dirige la porra, lleva la voz cantante.
– ¡Que se vayan los anormales!
– ¡Que se vayan!
– ¡Abajo los mercenarios!
– ¡Gusana, devuélvenos la olla!
– ¡Apátrida!
– ¡Juju anormal!
– ¡Maricón! ¡Tortillera!
. ¡Jujuju anormal!
Vino a la memoria aquel día de 1980 que siempre pretendo sepultar en lo más profundo de mis recuerdos. Mi hermano y yo estudiábamos en la Universidad. No éramos malos estudiantes, estábamos entre los mejores en cuanto a los resultados académicos, pero siempre nos señalaban cierta apatía ante las tareas de la Revolución, y nuestra práctica religiosa. Hasta ese día la cosa no había pasado de ahí. Manteníamos las mejores relaciones con nuestros condiscípulos. Sobre todo mi hermano, que es muy carismático, buen bailador y deportista, era una especie de ídolo en su facultad, y no carecía de admiradoras.
Cuando llegamos a la Universidad, en la puerta había un grupo de gente, pensé que era uno de esos mítines de repudio, pero no me pasó por la mente que fuera con nosotros, que ni siquiera andábamos cerca de la Embajada de Perú.

Al vernos llegar, hicieron una fila horizontal. Unos empezaron a gritar furiosos:
– ¡Que se vaya la escoria!
– ¡Pin Pon fuera, abajo la gusanera!
Eran nuestros compañeros de aula, los mismos con quienes habíamos compartido todo un curso, algunos de ellos visitaban nuestra casa. Les acompañaban nuestros profesores, y hasta una ex novia de mi hermano gritaba desaforada los peores insultos.
Mi hermano siempre que recuerda esa escena dice:
– ¿Sabes lo que más me molesta? Lo que más me molesta es que nos gritaron maricones. Uno de los que lo hizo fue Javier, mi socio. A quien más he ayudado yo para que apruebe su carrera.
Tuve que aguantarlo en medio de aquel tumulto, porque le vociferó a Javier algunas palabrotas. Cosa que enfureció aún más a la gente que gritaba. Varios jóvenes le pegaron por la cara, y aunque le cubrí el cuerpo, fue inútil. Cayó la suelo, alguien le dio con hierro por la espalda.
Entonces perdí el miedo y grité:
– ¡C…! ¡Déjenlo yaaaaa! ¡Que lo van a matar!!!!
La explosión de ira fue un acto de magia o tal vez fue la Divina Providencia que vino a apiadarse de nosotros paralizando a la frenética multitud, que tomó rumbo a otra víctima.
– ¡No entiendo por qué nos hacen esto, si nosotros no nos metimos en la Embajada! Hablé casi en un susurro.
– Dicen que están depurando las universidades.
– ¿Depurando?
– Sí, así le llaman a revisar todos los expedientes y el que haya tenido el menor indicio de querer irse del país lo botan.
– ¿Y las notas? ¿No les importa que sean buenos estudiantes?
– No. Sólo que no quieran irse del país.
Nos explicó uno de los profesores que valientemente nos acompañó hasta la salida y nos ayudó a montar en un taxi. Días después también fue “depurado”, acusado de homosexual, y pudo marcharse por el Mariel.
– ¡Que se vayan los maricones!
– ¡Que se vayan! ¡Que se vayan los traidores!
– ¡Que se vayan! ¡Que se vayan, quesevayanquesevayan!
Por un momento confundí los gritos del ayer con los de hoy. Era la misma turba, los mismos alaridos de odio.
Comencé a abrirme paso entre la gente, moviéndome de un lado a otro. Una avalancha de piedras golpeaba sin piedad el portal de la antigua casa, que ahora era un sitio deshecho.
La gorda que dirigía el coro descubrió mi presencia.
– Y tú, ¿quién eres?
No le respondí y continué abriéndome paso entre la horda. Luego alguien gritó de pronto, no sé si la misma gorda:
– ¡Miren, ahí va uno de ellos!
Un disparo pegajoso me saltó en el pecho dejando una mancha pestilente a alguna cosa podrida. Reaccioné con un gesto amenazador, mostrando el puño cerrado a los agresores. La multitud me vino encima. Una mano que salió de no se sabe dónde me condujo hasta la puerta de la casa. Entré con rapidez.
Adentro todo estaba en penumbra. Una mujer sentada en un sillón respiraba con dificultad. Un hombre le tomó la mano con ternura.
– Es asmática, sabe, está en plena crisis. Y usted de dónde salió. ¿Está loco o qué?
Me encogí de hombros.
Los gritos afuera se movían como una ola. Por momentos arreciaba el griterío y la lluvia de piedras sobre paredes, techos y ventanas de pronto se calmaba, para al poco rato arreciar con más saña.
Un hombre joven, acuclillado en un rincón, jugaba con un viejo y deshecho papalote. Una baba blanquecina le corría de la boca a la barbilla y goteaba sobre el pecho.
Era la misma turba, pero quizás envejecida, más cargada de rencores, más frustrada y peligrosa. A diferencia de 1980, ahora no arrojaban tomates y mucho menos huevos. Esos hoy son un artículo de lujo.
El dueño de la casa se llama José y es activista pro derechos humanos. Es un hombre humilde y generoso. Su esposa comparte su credo y sus sueños. El hijo sufrió una peligrosa enfermedad de niño, y tiene un severo retraso mental.
Una piedra rompió varias tablillas de la ventana de la sala y fue a dar en el papalote del muchacho, que comenzó a dar unos gritos desgarradores.

José salió enfurecido para el comedor y reapareció con una cabilla en la mano. Traté de detenerlo cuando iba hacia la puerta. La esposa se levantó de su asiento y se arrodilló ante él. José soltó el hierro y se puso las manos sobre la cara. Llegó un breve momento de silencio, en el que José y yo nos asomamos por la ventana entornada. Recomenzaron los gritos.
A un hombre alto con una camisa desteñida y maloliente se le dilatan las venas del cuello al gritar frenético:
– ¡Que se vayan los delincuentes! ¡A mí me tocan los c…!
La mujer gorda llevaba orgullosa un enorme cartel con letras negras:
QUE SE BALLA LA EXCORIA, MARICONES.
José y yo leímos el cartel, nos miramos, y a pesar de todo lo que estaba sucediendo no pudimos aguantar la risa.
Afuera seguían:
– ¡Qué se vaya la escoria!
– ¡Que se vayan! ¡Que se vayan! ¡Apartidas! ¡Burgueses! ¡Gusanos!
– ¡Que se vayan!
Comenzaron a golpear la puerta como si pretendieran derribarla. Arrimamos algunos muebles para impedir la entrada de la turba, y nos preparamos para lo peor. Gisela, que así se llama la mujer, con voz entrecortada por la falta de aire, nos pidió que nos pusiéramos frente a la puerta de rodillas y rogáramos a Dios por el perdón y la salvación de nuestros agresores. Así lo hicimos. Una gran paz fue reemplazando al miedo y al rencor. La puerta cedía ante el empuje de la multitud. Algunas tablas comenzaban a saltar. El bobo gritaba asustado, con el papalote deshecho entre las manos. Gisela, agitada cada vez más por la falta de aire, oraba en voz alta.
De pronto se hizo el silencio. Sentimos los pasos de la multitud que se alejaba. Todavía permanecimos un largo rato de rodillas frente a la puerta. Un rayo de luz penetraba por las maderas rotas. Unos vecinos se acercaron sigilosos, a preguntar por el matrimonio, a brindarles apoyo, a ayudarles en lo que fuera. Cierto que hubiera sido preferible que se presentaran antes, pero algo es algo, y esto también marcaba la diferencia con los 80. Entonces nadie se acercaba a los marcados, a las víctimas de los actos de repudio.
Recordé los rostros compungidos que contemplaban la escena desde la otra acera. “Algo está cambiando”, me dije. Bebimos un poco de café y nos despedimos José, Gisela y yo. Nos miramos a los ojos en la puerta, nos dimos un abrazo. No hacían falta palabras. Nos unían muchas cosas. Quedamos en vernos de nuevo.
Caminé en silencio por la ciudad a oscuras. Había vivido de nuevo una terrible experiencia, la terrible vivencia de ser víctima de la violencia de la porra, de las llamadas Brigadas de Respuesta Rápida, y llevaba una extraña felicidad. Había descubierto la esperanza en esos vecinos que acudieron a socorrernos, a mostrar su desacuerdo, en los rostros inconformes de algunos presentes, sobre todo de los jóvenes, con lo que estaba pasando. Llevaba conmigo la felicidad de sentir, después de 25 años, que no estaba solo.

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  1. 14 septiembre 2010 en 10:43 pm

    Es increible, como dice el tirano Raúl Castro, “Cada día Cuba y Venezuela son la misma cosa”
    Abrazos

    • cubanitoweb
      15 septiembre 2010 en 7:02 am

      Así es amiga Martha. Un abrazo…

  1. 13 septiembre 2010 en 7:42 am
  2. 24 noviembre 2010 en 6:39 pm
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