Inicio > Temas sobre Cuba > Fidel Y Raúl

Fidel Y Raúl

4 junio 2010

C.A. Montaner/Cubanitoweb

Cartel de Fidel y Raul Castro. La Habana, 1 de mayo de 2010. (REUTERS)

Comencemos por establecer ciertas premisas elementales:

Todas las sociedades evolucionan. Cada generación percibe la realidad de forma diferente e intenta modificarla de acuerdo con sus valores, intereses y con la información de que dispone.

Fidel y Raúl Castro forman parte de lo que se ha llamado la generación de 1953, así designada por conmemorarse ese año el centenario del nacimiento de José Martí.

La cosmovisión que entonces tenía Fidel, y que luego le impuso a la sociedad, era la de un joven radical antiimperialista y anticapitalista, convencido de que las dos causas fundamentales de los problemas económicos y políticos de Cuba derivaban de la explotación de los capitalistas y de los malvados designios de Estados Unidos.

A esa convicción le agregaba un profundo desprecio por el sistema republicano de gobierno, con sus múltiples partidos, poderes independientes que se equilibraban y libertades individuales que permitían que las personas tuvieran y manifestaran puntos de vista divergentes. Todo eso se le antojaba como corrupto, caótico y tendiente a la desorganización.

Ese diagnóstico rápido, en su caso, venía acompañado de una invencible confianza en su capacidad para reorganizar la sociedad de acuerdo con sus propias teorías sobre cómo debía estructurarse el aparato productivo para convertir a Cuba en un país próspero y disciplinado. Él sabía lo que había que producir y consumir, dónde, cómo y porqué. No conocía la duda. Era un joven ególatra lleno de certezas. Ni siquiera se percataba de que carecía de la menor experiencia laboral.

Carismático, con una fuerte personalidad capaz de ejercer un gran poder sobre sus subordinados, especialmente si no estaban intelectualmente bien dotados, y de seducir a las masas con su oratoria arrebatada, musolinesca, que ahora se nos antoja un tanto ridícula, logró convertirse en el líder indiscutible, temido y obedecido por una parte sustancial de la sociedad.

Finalmente, la URSS dotó a la Revolución de un cierto orden económico, una estructura administrativa y un modo imbatible de control social. Fidel, con esas herramientas, incorporó al país al mundillo comunista y construyó una jaula perfectamente hermética.

Como sabemos, en 1989 el Muro de Berlín fue derribado, en 1991 despareció la URSS y el marxismo-leninismo dejó de ser una referencia intelectual seria. Fue sólo una utopía que dejó cien millones de muertos durante el periodo en que se puso a prueba su viabilidad.

Fidel Castro, sin embargo, insistió en mantener a flote su dictadura personal sin apartarse demasiado de la organización que le dejó en pie la URSS y sin renunciar a las principales supersticiones marxistas. Confundía la terquedad con los principios e interpretó la desaparición del comunismo en Occidente como una traición de los comunistas de la URSS, encabezados por Gorbachov, a quien suponía parte o víctima de una conjura de la CIA.

Así las cosas, en 1990 comenzó a recoger los escombros del movimiento comunista en América Latina, junto a Lula da Silva fundó el Foro de Sao Paulo, llamó a cuanto aventurero compartía la visón de la Guerra Fría, incluidos los narcoterroristas de las FARC y del ELN, y preparó el primer perímetro defensivo para continuar su épica batalla contra Estados Unidos y Occidente y contra el odiado capitalismo, aunque en la nueva etapa tuviera que servirse de algunos inversionistas. Era una batalla absurda y condenada al fracaso, pero estaba dispuesto a librarla: cualquier cosa era mejor que aceptar que había vivido toda su vida en el error, precipitando a Cuba en una catástrofe sin sentido.

La suerte, sin embargo, le deparó cierto espacio para contemplar de nuevo la posibilidad del triunfo: en diciembre de 1998 fue elegido Hugo Chávez en Venezuela y poco después Lula da Silva, aunque muy condicionado por la realidad brasilera, se convertía en presidente de Brasil. El Socialismo del siglo XXI comenzaba a dar sus primeros pasos.

En diciembre de 2005, en un discurso pronunciado en Caracas por Felipe Pérez Roque, ya se formulaba la nueva visión del eje La Habana-Caracas: Chávez y Castro se echaban sobre sus hombros la tarea de triunfar donde había fracasado Moscú. Ellos eran el nuevo Moscú y el Socialismo del siglo XXI el nuevo evangelio con el que conquistarían primero América Latina y luego el resto del mundo.

Pocos meses después, en el verano del 2006, ocurrió algo previsible, pero impensable en las sociedades dirigidas por un endiosado caudillo: Fidel Castro enfermó gravemente y debió entregarle el poder a su hermano, el general Raúl Castro. El riesgo de morir era muy alto.

No obstante, Fidel, como sabemos, no murió, pero quedó gravemente enfermo e incapacitado para ejercer como Presidente. Conservó, sin embargo, la autoridad política total sobre el régimen, y la autoridad moral y psicológica sobre su hermano, lo que le ha permitido impedir cualquier desviación sustancial de las líneas maestra impuestas por él al país desde hace más de medio siglo.

Raul Castro: de Ministro de Defensa a Jefe de Estado

Durante toda su vida, Raúl Castro había vivido como un apéndice intelectual y físico de su hermano mayor. Desde la adolescencia, cuando sus padres se lo entregan a Fidel, Raúl se había acostumbrado a obedecerlo y a admirarlo. Fidel lo había arrastrado al ataque al Moncada, al desembarco del Granma, a la lucha guerrillera y a la cúpula dirigente. Él había vivido la vida que su hermano le había diseñado. Fidel lo había dotado de ideas y de impulsos.

A pesar de todo, eran dos personas muy diferentes. Raúl, aunque podía matar incluso con mayor frialdad que su hermano, era una persona más jovial y realista, nada carismática, con sentido de sus propias limitaciones y dispuesta a gobernar colegiadamente con el concurso de sus subordinados. Por eso, desde que asumió la presidencia del país dejó en claro que prepararía las cosas para que la sucesión se produjera dentro de las instituciones del sistema comunista: el Partido asumiría las funciones de control y ahí se transmitiría ordenadamente la autoridad tras su muerte.

Por supuesto, antes de llegar a ese punto, Raúl se propuso organizar y aumentar sustancialmente la producción para que la sociedad cubana comprobara que en la Cuba del poscastrismo, de la cual él era la primera muestra, era posible prosperar y superar las inmensas carencias que padecía el país.

Ésa era una de las principales diferencias entre los dos hermanos. Fidel negaba la terrible realidad material en que vivían los cubanos. Cuando Fidel se refería a Cuba sólo veía una sociedad de niños educados y con acceso a un extendido sistema de sanidad, y con un Estado solidario dedicado a la solidaridad universal con los necesitados de todo el planeta. Cuando Raúl se refería a Cuba, contemplaba millones de personas mal alimentadas, cobijadas en viviendas semidestruidas, con acceso muy precario a los servicios de agua, electricidad, comunicaciones y transporte. Raúl pensaba que el sistema sólo podía consolidarse tras la desaparición de la generación del 53, la que hizo la revolución, si esas miserias materiales eran eliminadas.

Él pensaba que podía llevar a cabo esa labor. No era, como Fidel, una persona desorganizada y caótica, sino alguien metódico, capaz de trabajar en equipo, que durante 47 años había sido un exitoso Ministro de Defensa, capaz de convertir a unos cuantos guerrilleros sin instrucción militar (él mismo incluido), en el noveno ejército del mundo, capaz de triunfar en Angola y Etiopía, como ocurrió a lo largo de la década de los setentas.

Incluso, tenía otra experiencia notable: tras la desaparición del subsidio soviético, Raúl había sido capaz de reducir las fuerzas armadas cubanas a un tercio de lo que fueron en su momento de mayor esplendor, cancelando casi totalmente a la Marina y a la Fuerza Aérea, que sólo conservó un par de escuadrones con capacidad de combate.

Lo que Raúl no entendía es que dirigir un ejército es mucho más fácil que dirigir exitosamente el tejido empresarial de una sociedad moderna. Un ejército es una organización vertical, basada en la obediencia ciega, cuya función es el ejercicio de la fuerza. Su eficiencia se mide por su capacidad para destruir, controlar o intimidar. Eso sólo depende de los medios de que disponga, de las reglas que lo organizan y del liderazgo de los jefes.

El tejido empresarial, por el contrario, está condicionado por la necesidad de rendir beneficios. Debe recibir unos insumos, producir bienes o servicios, satisfacer a los consumidores y generar beneficios para mantener el aparato productivo, crecer, invertir, innovar y continuar incesantemente el ciclo que exige el proceso de creación de riqueza. Por eso a un ejército le toma un minuto destruir un puente y a la sociedad le toma un año construirlo.

A partir del verano del 2006, Raúl Castro está descubriendo la inmensa diferencia que hay entre las dos tareas. Mientras las empresas necesitan tomar decisiones de manera autónoma basadas en su realidad, y en las que el impulso psicológico que moviliza a los trabajadores no es la obediencia ciega a los jefes sino sus propios intereses materiales, los ejércitos operan de manera absolutamente diferentes. Cuando Raúl Castro era Ministro de Defensa le daba una orden a un general y ésta solía cumplirse a rajatabla, hoy puede dar la orden de que se produzcan más gomas de autos, o más planchas de zinc, y al cabo de cierto tiempo podrá observar que la orden ha sido parcial o totalmente ignorada, o, incluso, advertirá que lo han engañado y las metas supuestamente cumplidas jamás se han alcanzado. Para mayor contrariedad, mientras en el ejército podía mandar a la cárcel o al paredón a quien le tomara el pelo, en el mundo empresarial sólo podrá separarlo de su cargo.

Anuncios
  1. CHIVETRON
    4 junio 2010 en 5:55 pm

    Excelente reportaje

  2. Alicia
    5 junio 2010 en 11:49 am

    No puedo añadir nada, absolutamente nada; pués ya ustedes lo han dicho todo. Sólo decir que, TIENEN RAZÓN!!!!
    Menos mal que están ustedes para decirlo, pués no todos sabemos expresarnos, GRACIAS!

  3. el frances
    23 junio 2010 en 4:30 pm

    Estos dos lo que están haciendo es alargando el tiempo hasta que mueran, jamás cambiaran nada, de cambiar y democratizar el país saben sobradamente les espera un Tribunal formado por 11 600 000 cubanos que le darán visa directamente al lugar más terrible del Infierno.

  1. 4 junio 2010 en 11:08 am
  2. 6 junio 2010 en 6:08 pm
Los comentarios están cerrados.
A %d blogueros les gusta esto: