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La segunda zafra de los diez millones

29 julio 2009

Cubaencuentro/Cubanitoweb

Corte de caña

En plena zafra

En su última alocución pública, Raúl Castro ha convocado al pueblo a otro esfuerzo supremo para rescatar al país de la hambruna, de la cual hace un par de meses alertaba el temerario y clarividente Pánfilo, chispa’e’tren mediante.

La revolución castrista se ha pasado medio siglo movilizando al pueblo, como recurso principal para ejecutar los megalómanos y disparatados objetivos que en materia económica ha entendido que son prioritarios para la preservación del poder: las zafras del pueblo, el cordón de La Habana, la zafra de los diez millones, el programa alimentario, el movimiento de microbrigadas de la construcción, los contingentes agrícolas…

Raúl Castro, aparentemente impedido de ejercitar el mismo estilo de gobierno que su hermano —y por ello compulsado a liderar la revolución, o lo que queda de ella—, basándose en resultados, amenaza ahora con volver a las sistemáticas convocatorias a la agricultura, al atronar en la tribuna: “La tierra está ahí, aquí están los cubanos. Veremos si trabajamos o no, si producimos o no, si cumplimos nuestra palabra o no, no es cuestión de gritar ‘Patria o Muerte’, ‘abajo el imperialismo’, ‘el bloqueo nos golpea’ y la tierra ahí, esperando por nuestro sudor”.

El menor de los Castro, quien tras su ascenso al poder despertó expectativas en muchos sectores de opinión, a partir de sus proclamados “cambios estructurales y de concepto”, parece ahora echar el freno de mano y recurrir de nuevo a la conciencia como motor, esta vez para “aumentar” la producción de alimentos.

A pesar de la puesta en marcha de un ambicioso plan de entrega de tierras en usufructo, el General expresó que sólo se han otorgado 690.000 ha, o sea, el 39% del área ociosa. En estas mismas páginas algunos especialistas se han referido a que el proceso de adjudicación de tierras está excesivamente politizado y que, en definitiva, los nuevos productores carecen de libertad para decidir qué sembrar y, sobre todo, a qué precios; además de estar obligados prioritariamente a cumplir sus compromisos con el acopio estatal.

O sea, el Estado y su densa burocracia continuarán ejerciendo un férreo control sobre el proceso de producción, distribución y venta, con lo cual tales usufructuarios no dispondrán de claros incentivos económicos para desempeñar las duras labores del campo. Todo ello, agravado por la carencia de insumos, semillas y maquinaria apropiada.

Definitivamente, está claro que el objetivo de Raúl Castro no pasa por implementar ninguna liberalización que transforme el modelo económico estatal. Por el contrario, se empecina en buscar la eficiencia del mismo, aunque una y otra vez se evidencian las limitaciones de este propósito.

Dolorosa ironía

Hasta 1959, el sector agropecuario producía una gran variedad y cantidad de alimentos. Aunque los latifundios absorbían gran parte de las tierras de labor, las producciones satisfacían ampliamente el consumo nacional, e incluso se exportaban.

Muchas de aquellas haciendas de variada extensión eran explotadas, en régimen de arrendamiento, por campesinos que aplicaban, en muchos casos, métodos de cultivo intensivo. Así obtenían una alta productividad por hectárea y beneficios acordes con el riesgo y el esfuerzo desplegados.

De este tipo de producción agrícola constituye un notorio ejemplo la finca de casi 13.000 hectáreas del padre de los Castro, Ángel, quien a principios del siglo XX se estableció en la región de Mayarí. Tras mucho esfuerzo personal, favorecido por su olfato para los negocios y aprovechando las oportunidades que le ofrecía una economía de mercado, se convirtió en arrendatario de la United Fruit Company para la que cultivó caña de azúcar, hasta que logró realizar el tránsito de arrendatario a rico terrateniente.

Valdría la pena recordarle al General que, gracias a explotaciones mercantiles como las de su padre, la agricultura cubana era productiva y cubría sobradamente la demanda nacional. Constituye una dolorosa ironía que uno de los propósitos fundamentales de la revolución de 1959 fuera la Reforma Agraria, y que entonces se repartiera la tierra entre los campesinos para progresivamente quitársela y demoler así al medio rural.

Otro de los objetivos de aquella ley se cifraba en poner en explotación las tierras ociosas que mantenían las multinacionales norteamericanas. Sin embargo, hoy, al cabo de medio siglo, la proporción de tierras incultas es mucho mayor, como resultado de mantener el monopolio estatal sobre la tierra de labor, lo cual sólo genera desabastecimiento crónico y una agricultura ruinosa.

La experiencia demuestra que solamente en el contexto de una economía de mercado puede lograrse el milagro de que la tierra produzca, proporcionándole incentivos a los productores directos, de manera que aumente sin cesar la oferta de bienes agrícolas a la población.

Las reformas chinas y vietnamitas (dos países comunistas que ejercían un férreo control en este sector) demuestran fehacientemente este principio. Basado en él, y pese a la represión política que subsiste, ambas sociedades consiguieron paliar las periódicas hambrunas que padecían desde la época de la instauración del poder comunista.

Mientras no se aplique en Cuba una reforma liberalizadora, el país, de base eminentemente agrícola, se verá en la vergonzosa necesidad de importar grandes cantidades de alimentos para el sustento de una población que sobrevive permanentemente al borde de la hambruna.

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