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OBAMA Y CUBA, Por un cambio pacífico a una democracia libre.

27 junio 2009

Carlos Alberto Montaner/Cubanitoweb

Obama El Presidente de USA

Obama El Presidente de USA

Para el Gobierno de Obama el objetivo es el cambio pacífico de Cuba en una democracia estable, con libertades y respeto por los derechos humanos, dotada de un aparato productivo que les permita a los cubanos vivir en su país

Nada nuevo bajo el sol. Fidel, seguramente víctima de sus crisis periódicas, se limitó a transmitir un mensaje de dos líneas. Cuba ocupa un lugar escasamente importante en la agenda del presidente Obama. Al fin y al cabo, cuando éste nació, ya Fidel Castro mandaba en la isla. Entre los cien conflictos que debe afrontar el nuevo presidente, Cuba es un problema crónico, pero menor. Sin embargo, todos los inquilinos de la Casa Blanca, aún sin proponérselo, han debido de chocar con La Habana. Probablemente, Obama no será la excepción, aunque es posible que la suya sea la crisis final entre los dos países.

Una historia de desencuentros

Ike Eisenhower le tocó enfrentar las confiscaciones de las propiedades norteamericanas en Cuba (1960) y admitir que la URSS le había instalado un satélite en su vecindario.

John F. Kennedy tuvo su fiasco en Bahía de Cochinos (1961) y su peligroso momento de gloria en la Crisis de los Misiles (1962), hasta que un fanático enamorado del castrismo lo asesinó en Dallas (1963).

En 1965, Lyndon B. Johnson sufrió la primera agresión migratoria deliberada de la historia de Estados Unidos cuando Fidel habilitó el puerto de Camarioca, cerca de la Florida, e instó a los exiliados a que recogieran a sus familiares. Varios millares de cubanos llegaron ilegal y precipitadamente a territorio americano –más tarde, otros 200.000 lo hicieron dentro de la ley en los llamados “Vuelos de la libertad”–.

En época de Richard Nixon, el FBI no daba abasto para combatir los vínculos de Castro con los terroristas norteamericanos enamorados de la revolución cubana: especialmente los Weatherman y el Ejército Negro de Liberación. Mientras tanto, en Hanoi algunos militares cubanos torturaban a los compañeros de John McCain, prisioneros de guerra en las cárceles vietnamitas.

Gerald Ford le correspondió (sin éxito) tratar de contrarrestar la prolongada aventura imperial africana de Cuba (1975-1990), cuando comenzaron a llegar a Angola miles de militares cubanos que luego combatieron en Somalia.

El pobre Jimmy Carter no pudo evitar el triunfo del sandinismo en Nicaragua (1979), un satélite ideológico y político del castrismo, y poco después (1980), desde el puerto de Mariel, Castro lanzó la segunda agresión demográfica contra Estados Unidos: así llegaron a la Florida en pocas semanas 125.000 nuevos inmigrantes ilegales, los “marielitos” cruelmente inmortalizados por Al Pacino en Scarface. Se calcula que un 10% de esos inmigrantes eran psicópatas, locos, asesinos y delincuentes sacados de las cárceles y obligados a marchar a Estados Unidos.

Durante el primer Gobierno de Ronald Reagan se produjo el único enfrentamiento militar directo entre los dos países. Ocurrió durante la invasión americana a la isla de Granada, en 1983, y súbitamente Washington se encontró con varios cientos de cubanos prisioneros de guerra, a los que luego, gentilmente, repatrió a Cuba con una bolsita de la Cruz Roja en la mano. tragó en seco y arreció su ayuda a las guerrillas comunistas que operaban en El Salvador y Guatemala. Reagan, y luego su sucesor Fidel Castro George Bush(padre), acabaron enredados en el escándalo Irán-Contra y en formas de respaldo a esos dos Gobiernos no autorizadas por el Congreso.

Bill Clinton no quería problemas con Castro. Los “marielitos” le costaron una derrota como gobernador de Arkansas cuando se amotinaron en Fort Chaffee (1980), pero en 1994 debió sufrir la tercera agresión migratoria cubana con la llegada de más de treinta mil balseros (previa reclusión en Guantánamo de muchos de ellos), estimulados por Castro, entonces empeñado en que Washington derogara la llamada “Ley de Ajuste” de 1966 que permite que los cubanos legitimen su estatus tras un año de residencia en el país. Para calmarlo, Clinton modificó la ley introduciendo el salomónico (y absurdo) matiz de “pies secos, pies mojados” para determinar el derecho a quedarse en el país o a ser repatriado, dependiendo de que tocaran o no tierra americana. No obstante, en 1995 la aviación militar cubana derribó dos avionetas desarmadas de Hermanos al Rescate sobre aguas internacionales, asesinando a cuatro de sus tripulantes, tres de ellos ciudadanos norteamericanos. Clinton, en represalia, firmó la Ley Helms-Burton. Castro opinó que Clinton era un canalla.

George W. Bush le correspondió contemplar el surgimiento de un feroz brote de antiamericanismo orquestado por la alianza La Habana-Caracas, al que se sumaron la Bolivia de Evo Morales y Nicaragua, otra vez bajo la presidencia de Daniel Ortega. Todos, además, les han abierto a Irán las puertas del club del “socialismo del siglo XXI”, y han forjado con Rusia una incómoda alianza militar que incluye operaciones navales conjuntas, lo que no es nada saludable para la seguridad norteamericana.

¿Qué conflicto cubano le deparará el destino al presidente Barack Obama?

Alguno habrá. Sin duda, será una etapa de riesgos y de oportunidades. Probablemente, durante su mandato morirá Fidel Castro y se abrirá un momento propicio para contribuir a enterrar la dictadura cubana y a tratar de impulsar una transición pacífica hacia la libertad, como la que vivieron los países de Europa del Este tras el derribo del Muro de Berlín, con el objeto de que en Cuba se entronice una democracia pacífica y próspera con la cual tener buenas relaciones. Para eso Obama y su secretaria de Estado, Hillary Clinton, van a necesitar suerte, sentido común, flexibilidad y carácter.

Objetivos de Obama en Cuba

El señor Obama, pues, tampoco debe hacerse ilusiones con relación a Cuba. Diez presidentes antes que él han tenido conflictos con el régimen de los hermanos Castro. Sin embargo, es probable que durante sus primeros cuatro años de gobierno las cosas comiencen a modificarse dentro de la isla. El punto de partida de esos cambios pudiera ser la muerte de Fidel Castro. Se sabe que la mayor parte de la estructura de poder quisiera una reforma profunda, pero el viejo comandante, tercamente estalinista, lo impide.

Esta observación es importante: mientras Fidel Castro viva, cualquier concesión significativa que el Gobierno de Obama le haga a La Habana es contraproducente. Será interpretada como “Fidel Castro tiene razón y no hay que hacer ningún cambio sustancial a nuestro modelo totalitario”. Sin embargo, en el momento en que desaparezca (y tal vez no le quede mucho tiempo) Washington debe hacer un gesto de buena voluntad, incluso a Raúl Castro, como una señal de aliento a las fuerzas reformistas, con el mensaje explícito de que Estados Unidos está dispuesto a ayudar generosamente a los cubanos para transformar el país en una democracia pacífica y razonablemente próspera.

Para el Gobierno de Obama ése debe ser el objetivo: el cambio pacífico de Cuba en una democracia estable, con libertades y respeto por los derechos humanos, dotada de un aparato productivo que les permita a los cubanos vivir en su país sin tener que emigrar ilegalmente a Estados Unidos. Una nación semejante a Costa Rica, con buenas relaciones con sus vecinos y con Estados Unidos, que, lejos de expulsar a su población por falta de oportunidades, sea capaz de absorber a los millares de exiliados que regresarían a Cuba si las condiciones de vida fueran aceptables.

Ese objetivo conduce a descartar cualquier tentación de pactar en Cuba con una tiranía como la china o la vietnamita, con una cleptocracia como la rusa, o con una dictadura militar. Eso sólo aplaza el problema, no lo resuelve.Durante casi todo el siglo XX Estados Unidos jugó la carta de “nuestro hijo de
p… ”, y le dio un pésimo resultado. Washington quedó totalmente desacreditado por predicar la democracia y proteger las dictaduras. Tras Somoza, vinieron los sandinistas. Después de Batista llegó el comunismo a Cuba. No tiene sentido revivir esa estrategia en el postcastrismo.

¿Qué puede hacer Obama para estimular los cambios?

Hay varias medidas:Reducir gradualmente las sanciones económicas si la dictadura excarcela presos políticos o alivia la presión sobre los disidentes, elevar el rango de la representación diplomática a la categoría de embajada, facilitar los intercambios deportivos y académicos. Pero ante cualquier iniciativa, Washington debe plantearse siempre una pregunta clave: ¿impulsa a los cubanos hacia la democracia y hacia la apertura económica o contribuye a consolidar en el poder a una oligarquía autoritaria que se reparte abusivamente las rentas del país? Ése es el litmustest. Si es lo segundo, no vale la pena intentarlo.

Poco antes de su discurso del primero de enero, profundamente antiamericano, Raúl Castro, entonces en Brasil, insistió públicamente en su deseo de hablar con el presidente Obama. ¿Por qué? ¿Qué se propone? Tiene tres objetivos en la manga: acceder a créditos blandos para importar productos americanos, pese a la bien ganada fama de insolvente que padece el Gobierno; atraer a cientos de miles de turistas estadounidenses, y la excarcelación de cinco de los catorce espías cubanos capturados en 1999 por el FBI –nueve de ellos se declararon culpables, pactaron con jueces y fiscales, recibieron condenas muy leves y ya están discretamente integrados en el mundo americano –.

Con los dos primeros objetivos alcanzados, Raúl Castro liquidaría prácticamente lo que queda del embargo. Con el tercero, contentaría a Fidel Castro, quien está empecinado en no morirse hasta que no regresen a Cuba sus agentes más “duros”. Naturalmente, pese al clamor general en demanda de cambios políticos profundos, ni Fidel ni Raúl piensan abrir los márgenes de participación de la sociedad cubana. Se proponen mantener un Estado comunista de partido único y ausencia total de libertades. Por eso es tan acertada la crítica de Pablo Milanés, que recientemente declaró que no confía en ningún dirigente cubano que tenga más de 75 años.

En realidad, son muy pocos los cubanos que todavía piensan que la cúpula castrista está dispuesta a reformar el sistema. Los Castro creen que todo lo tienen atado y bien atado. Sólo que eso casi nunca es cierto.

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  1. 27 junio 2009 en 9:28 am
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