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Fe y nación

8 septiembre 2008

Yaxys Cires Dib/Cubanitoweb

Procesión por el dia de la Caridad del Cobre

Procesión por el día de la Caridad del Cobre

La festividad religiosa de la Virgen de la Caridad, que se celebra este 8 de septiembre, es momento propicio para reflexionar sobre el vínculo existente entre fe y nación, dos realidades que siempre han ido de la mano en la historia de Cuba.

Recordemos que fue un sacerdote, el padre Félix Varela, quien desde su influyente cátedra en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, y más tarde desde el exilio, sembró la semilla del sentimiento independentista. Por algo es considerado el fundador de nuestra cultura y nacionalidad. Fue Varela, además, quien con sus magistrales conferencias sobre la recién instaurada Constitución de Cádiz, diseminó entre la juventud habanera los grandes valores liberales que dicha carta proclamaba. Cuba y Cristo fueron sus dos grandes pasiones. Hasta el momento de su muerte, desterrado y abandonado en la Florida, mantuvo en alto su acendrada cubanía y, al decir de Martí, fue un santo.

También podríamos recordar que la Virgen de la Caridad, desde su aparición en la Bahía de Nipe a principios del siglo XVII, ha sido paño de lágrimas y consuelo de muchos cubanos a lo largo de la historia. Fue venerada por los libertadores, quienes, una vez liberada nuestra tierra del colonialismo, pidieron al Papa que la proclamara Patrona de la República de Cuba.

Habría lugar para mencionar el servicio de la Iglesia a la sociedad durante la etapa republicana, destacándose las obras de las congregaciones religiosas y de la Acción Católica. También recordemos el testimonio silencioso de aquellas señoras que junto a un cura anciano visitaban enfermos o rezaban en un templo prácticamente vacío, abandonado por un pueblo que alienado por el fervor revolucionario de 1959 daba la espalda a Dios prefiriendo un becerro de oro, que al final resultaría ser de paja.

Estado laico y laicismo

Podríamos recordar la pastoral El amor todo lo espera que conmocionó al país entero, o la visita del Santo Padre, quizás el único momento en que multitudes de cubanos pudieron presenciar, ver o escuchar un mensaje de libertad. También podríamos enumerar todos los desaciertos y las veces que los católicos no hemos sabido estar a la altura de los retos de la nación.

Pero esta vez podemos poner la mirada sobre otra arista del tema. Preguntemos lo siguiente: ¿Es la religión un factor socialmente positivo para Cuba? ¿Cuál es el papel que la fe, la religión o la Iglesia deben jugar en el futuro de una Cuba democrática? ¿Nuevamente iremos los cubanos detrás de otro becerro, el del nihilismo, el relativismo y la falta de determinación, que en el fondo es una imposición actual de cierta izquierda? ¿O regresaremos a los valores que hacen estables y virtuosas a las naciones?

Apostamos por que en Cuba haya un Estado laico. Ese debe ser uno de los principios del ordenamiento político democrático, en virtud del cual el Estado no hará suya, es decir, no convertirá en oficial, ninguna de las religiones existentes, aun cuando sea mayoritaria dentro del conjunto de los ciudadanos. Nos decantamos, desde luego, por la separación entre el “trono” y el altar.

Por medio de la convivencia democrática —y de una legalidad de intervención mínima—, tanto el Estado como las diferentes denominaciones religiosas deben tener delimitadas sus funciones atendiendo a la naturaleza y misión de cada uno; lo que no excluye su colaboración al compartir el mismo fin: el bienestar del ser humano.

Pero una cosa es un Estado laico y otra el laicismo que impulsa la izquierda en muchas partes, que consiste en la eliminación de cualquier elemento religioso de la vida pública y política. Toda reflexión con fundamento en una creencia religiosa —principalmente de inspiración católica— quedaría, según esta idea, relegada al ámbito estrictamente privado o íntimo. Una mentalidad neototalitaria que busca imponer la mera racionalidad o el criterio de una mayoría coyuntural como elemento regidor y paradigma de la vida social.

Religión y libertad

Como una de las grandes aspiraciones de la nación cubana es alcanzar su libertad, hay que hablar de este vínculo. Alexis de Tocqueville, en su libro La Democracia en América, se ocupaba de este tema, dejando claro que hay más libertad cuanto más desarrolladas están las convicciones morales y religiosas de los ciudadanos. La libertad y la religión no tienen por qué estar reñidas: “la religión ve en la libertad civil un noble ejercicio de las facultades del hombre; en el mundo político, un terreno dejado por el Creador a los esfuerzos de la inteligencia… la libertad ve en la religión la compañera de luchas y triunfos, la cuna de su infancia, la fuente divina de sus derechos. Considera la religión como salvaguarda de las costumbres”.

Leyendo a este famoso intelectual francés, uno encuentra respuestas al empeño de los enemigos de la libertad, principalmente los comunistas, por destruir la religión, paradójicamente en aras del bien del hombre:

“Cuando la religión de un pueblo es destruida, la duda adquiere tal fuerza que paraliza parcialmente el resto del intelecto (…) Tal situación no puede sino enervar el alma, relajar las fuentes de la voluntad y preparar a la gente para la servidumbre. Cuando ya no existe un principio de autoridad religioso aparte del político, el hombre se va rápidamente asustando por la apariencia de su ilimitada independencia. El despotismo puede gobernar sin fe pero no así la libertad”.

El pueblo americano encontró en la religión cristiana los valores sobre los cuales edificar la nación de hombres libres. La “religión cívica” que construyeron, al decir del escritor español José María Marco, echaría sus raíces en la religión cristiana, aunque se abstendría de intervenir en cuestiones religiosas, hasta el punto de que la Constitución es de extrema parquedad acerca de la religión y su estatus legal.

Mirando al futuro

Después de medio siglo de totalitarismo y frente a la amenaza laicista, puede que alguien opine que haya que apostar por una Iglesia políticamente fuerte y con influencias, que reciba favores del gobierno de turno y sus pastores sean reverenciados por toda autoridad terrenal. Ese es el camino equivocado. El correcto sería una religión social y moralmente fuerte, encarnada en la realidad y amparada su labor y la de todos los cristianos por la libertad de conciencia.

Nadie puede ver la fe como una amenaza social. El cristianismo es capaz de formar hombres moralmente libres, preparados para enfrentarse al totalitarismo y el reduccionismo materialista. La religión es una necesidad social para la garantía de la libertad, en tanto deplora el egoísmo y los malos sentimientos de las personas mientras forma en el respeto y la responsabilidad.

La religión impregnará la vida democrática de los principios éticos —la justicia, la reconciliación, la equidad, la solidaridad— que hacen a un proyecto humanamente viable. Esos eternos valores deben ser el fundamento de nuestra vida nacional y la mejor opción frente a esta angustiosa interrogante: ¿Podrá la democracia por sí sola reparar el daño antropológico que el comunismo ha hecho a los cubanos?

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