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Los prejuicios cubanos

6 julio 2008

Del blog Memorias de una cubanita traemos este artículo.

Supongo que a todo el que emigra le pasa: mirarse desde fuera, chocar contra otras culturas y descubrir que no todo lo aprendido vale, que hay que dejar a un lado los prejuicios para integrarse al nuevo medio. Yo me he convertido en una detectora de prejuicios; empecé por observar el comportamiento de los habitantes de esta isla a la que vine a parar y luego me dio por analizar a mis compatriotas e intentar buscar características comunes entre ellos. A lo largo de estos siete años he practicado esta afición, contrastando mis opiniones siempre que he podido con otras personas de mi entorno. De este modo he llegado a algunas conclusiones que ahora les participo sin mayores pretensiones que las de pasar el rato.

En general encuentro que la forma de pensar del cubano promedio está llena de prejuicios, comportamientos ambiguos, falta de claridad y mojigatería. No me excluyo; yo también bebí de esa fuente.

No es un secreto para nadie que los cubanos somos racistas, muy racistas diría yo. Tanto los blancos como los negros y mulatos. Es un racismo ligero, mutuo, no llega a ser el Apartheid pero se nota en todos los aspectos de la sociedad. Frases como: “cuando no la hace a la entrada la hace a la salida” (refiriéndose a los negros), o “le gusta quemar petróleo”, o “es piolo(a)” y cosas por el estilo abundan en nuestras conversaciones. Pero también los negros son racistas, por ejemplo cuando dicen “la blanquita esa”, o “el blanquito ese”. Una amiga española se maravillaba de la cantidad de términos que usamos para clasificar a las personas según el color: blanco, negro, mulato, de color, jabao, jabao capirro, mulato de pelo bueno o de pelo malo, color café con leche… y así podríamos estar horas y horas sacando términos. En un contexto racial heterogéneo como el de Cuba, este racismo me parece trasnochado, mucho más viniendo de quienes hemos vivido en un sistema que ha promulgado hasta límites ridículos la igualdad.

Otro tipo de discriminación muy extendida es el chovinismo y la xenofobia; el cubano se cree la última carta de la baraja. Nos miramos el ombligo constantemente sin ver que alrededor nuestro hay otras culturas, otras realidades. Tantos años de encierro han hecho mella en nuestra objetividad y nos han transformado en unos pesados profesionales: que si la mejor educación es la de Cuba, y los mejores médicos, y las playas más lindas, y el ron, y los tabacos, las mujeres, los amantes… por favor, ese cuento ya aburre. Y al repetir estos clichés lo único que ganamos es la antipatía de nuestros interlocutores. Creo que en el rango de egos, estamos codo con codo con los argentinos. Si no fuera porque la mayoría venimos “escachados”, seríamos unos monstruos. Dicen que en Miami existe una élite cubana muy pagada de sí misma. Yo no he ido aún para comprobarlo, pero sé que no me va a gustar porque no creo en esa falacia chovinista.

Me ha pasado varias veces que al encontrarme en una reunión con cubanos y españoles siento vergüenza ajena de algunas actitudes de mis coterráneos. Para empezar: se aíslan, crean peñas aparte. En segundo lugar, no saben hablar de otro tema que no sea Cuba (el gran tema). Muchos no se interesan por leer la prensa local, por conocer la lengua o la cultura de su lugar de acogida.

A la hora de escoger la música, siempre tiene que ser salsa o algo nuestro, todo lo demás es malo o cheo, y en la pista siempre nos lucimos con el baile, que aunque sea bonito no tiene que gustarle a todo el mundo. Ahora, para criticar somos los mejores: que si este no sabe bailar, que si al otro le queda mal la ropa… el típico choteo. Vivimos más pendientes de los demás que de nosotros mismos. Claro que esto último es típico de los latinos en general. Pero lo que somos nosotros, estamos enfermos de cubanía.

Cambiando de tema: ahora que tan de moda está eso de la tolerancia para con los homosexuales, cabe reflexionar acerca de la homofobia que a estas alturas aún impera en Cuba. Términos peyorativos como pajarito, cherna, maricón, tortillera, tuerca… son en mi opinión una falta de respeto que a estas alturas debería pagarse con una multa o algo así. Me molesta sobremanera cuando se discrimina a alguien por su condición sexual, sin embargo, entre cubanos, esto aún es común. ¿No se puede decir simplemente homosexual, gay o lesbiana, que son los términos más respetuosos? Como dijo Benito Juárez, “el respeto al derecho ajeno es la paz” y el hecho de uno no comparta una opción sexual no le da derecho a ofender.

Esto me lleva a la mojigatería del cubano, que me causa risa porque si algo la gente hace en Cuba es fornicar, por gusto o “por ver correr la leche” como dice esa metáfora tan obscena como efectiva. Ah, pero algo muy distinto es la hipocresía con respecto al sexo; un hombre cubano (hombre hombre, como decimos nosotros) no se dejará tocar el trasero por nada del mundo. Afortunadamente esto va cambiando, pues la tendencia occidental de valorar el trasero masculino inevitablemente llega y permea, como todo lo que viene de Europa.

Hay pocos cubanos que se atreven a decir de otro de su mismo sexo que es bello o bella, como si con eso estuvieran aceptando que se sienten atraídos por sus congéneres.

En Cuba la promiscuidad sexual alcanza cotas difíciles de superar en otros países de Latinoamérica gracias a que el marxismo nos divorció de la iglesia, y a que el certificado de matrimonio vale lo que diez cajas de cerveza y el de divorcio cien pesos. Por ello en teoría somos mucho más liberales que el resto de países de la zona, sin embargo, a la hora de juzgar la vida sexual de los demás, o de practicar el nudismo en una playa, por poner un ejemplo tonto, nos salen unos prejuicios que yo no sé de dónde los sacamos. Todo queda en eufemismos.

Cambiando de tercio, y sin entrar a analizar demasiado estos fenómenos, he notado en mis últimos viajes a Cuba que, en el sector del turismo se ha puesto de moda llamar a todo el mundo “señor” o “señora”, con un retintín que no me gusta nada, como si no lo hubieran acabado de asimilar como una palabra más en el diccionario. Es como para decir: lo tratamos a usted con deferencia, con hipocresía y casi con servilismo, sabemos lo que es un señor (una persona que lleva cuc en la cartera, aunque sea un perfecto ignorante), sin embargo aquí en el primer mundo un señor no es un término que se regala a cualquiera. Aquí, en la cuna del castellano, un “señor” es una categoría superior, que se asocia a la generosidad, a la elegancia.

Esto me lleva a un fenómeno que, si bien de por sí no me gusta, viniendo de cubanos me gusta menos: el clasismo. En el tiempo que llevo fuera de Cuba me he tropezado con muchos tipos de cubanos, y me llama la atención cómo nos adaptamos a la sociedad capitalista con un mimetismo que en un principio copia lo peor: el consumismo y el clasismo. Luego es que se nos pegan otras cosas como la disciplina, el civismo, la tesonería, etc.

Si algo agradezco de haber venido a parar a Europa ha sido el haber caído en una sociedad con una gran clase media, en la que las barreras entre clases son casi imperceptibles. Si algo agradezco a haber vivido en una sociedad igualitaria -más allá de la mediocridad que esto supone- ha sido el poder relacionarme con cualquier persona, sin preocuparme por su estrato social. Ya que hablamos de esto hago un inciso: yo soy de la opinión de que en Cuba nunca dejaron de existir del todo las clases, sólo que éstas mudaron a una forma más sutil, y surgieron algunas nuevas. Pero eso sería motivo de otro análisis.

¿Han visto algo más pedante que un cubano que de repente tiene dinero? Hace lo que todo nuevo rico, sólo que con peor gusto. Claro que hay excepciones, pero al principio todos sufren de esta especie de indigestión. Hay quienes lo logran con el sudor de su frente y otros… inventando. Para mí esa ostentación de ropas de marca, carros del año y joyas indiscretas es de bastante mal gusto. Quizás tengo prejuicios yo también, o quizás es el contraste con los mallorquines, que son tan discretos. Si me dan a elegir yo prefiero la sobriedad.

Una reunión de cubanos fuera de Cuba puede convertirse fácilmente en una asamblea de balance en la que cada uno rinde cuentas de lo que ha logrado en el tiempo que lleva fuera de Cuba, “¿ya te compraste la casa?”, “¿qué carro tienes?”, “¿en qué trabajas?” Son las preguntas típicas, y el punto de partida para las comparaciones en esa maratón en que de pronto se convierte la vida fuera. “Fulanito llegó hace dos años y ya se compró un piso”, o “menganito está de lo más bien; está ganando a tanto la hora”. Nada de espiritualidad, puro pragmatismo, -y eso que venimos de un país socialista-. Otro tiro por la culata.

Por último, y antes de que me linchen, quiero tocar el tema de los modales y la supuesta excelencia de nuestra educación, que para mí está coja pues me atrevo a apostar que un alto porcentaje de los cubanos hoy por hoy no sabe hablar en público, ni vestirse adecuadamente para cada ocasión, ni conoce las reglas de etiqueta: como sentarse a una mesa bien puesta, o ponerse una corbata, o saber expresarse sin acudir a los chascarillos o las frases a medias, (el “ya tú sabes” que tanta gracia da).

Muchos de nosotros no conocemos la historia universal, y para qué hablar de la geografía, (por desgracia no hemos podido viajar). Reímos demasiado para ser de fiar, empeñamos la palabra en vano, no damos importancia a los detalles y olvidamos fácilmente.

Probablemente si usted es cubano a estas alturas me odie o esté pensando: ¿y esta qué se cree? No es mi intención molestarle con estas opiniones que pueden estar erradas porque no soy socióloga ni investigadora. Sé de sobra que las generalizaciones son infames y que muchas de estas faltas no son exclusivas de los cubanos.
Les ruego perdonen mi imprudencia y mi hipercriticismo. En el fondo yo soy igual que ustedes, sólo que me gusta entretenerme en los detalles. Pero incluso si le hiero en su orgullo nacional, no me preocupa si más allá de la irritación inicial le hago reflexionar.

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  1. 6 julio 2008 en 9:05 pm

    Muchas gracias por publicar este texto que tanto revuelo ha causado. Creo como autora que es mejorable y espero que no se malinterprete y se tome lo mejor. Todo en esta vida es relativo, sobre todo los puntos de vista.

    Un saludo, los he enlazado a mi blog.

  2. Juan Sanjurjo
    20 febrero 2009 en 3:08 pm

    Lo que pasa que el Cubano es una raza. Somos gente que esta por encima de la media. es una realidad.Es como lo ves con los Bolivianos .Hasta el Evo Morales es lento atrasadito son gente que no hablan el castellano. al ser indios tienen otra cultura otro idioma .Por eso el cubano que llega a bolivia es un Concorde. Porque fuera de Santa Cruz ese pais es monte y culebra. En Venezuela donde estuve en una Mision son mas rapidos.Te lo digo yo estuve en Venezuela en La Paz y me quede en Panama.

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