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Una Iglesia al gusto de Chávez

30 junio 2008

 



ND/El Mundo
Ese esperpéntico acto en que se convirtió la misa en honor del presidente electo de Paraguay, Fernando Lugo, en su visita a Venezuela -sin la aprobación de la curia Católica, al ver en ello un montaje político- destapó el andamiaje de un grupo de clérigos empeñados en soslayar al Dios de Abraham para inclinar la cerviz a los pies de un ídolo de barro.
El cura oficiante, conocido por las diatribas contra la jerarquía episcopal, habló en el trance eucarístico con la exaltación de un dirigente del chavismo, a la sazón de que esos felpos no andan sueltos y van hacia un fin planeado: una Iglesia Católica Reformada bajo la égida de Hugo Chávez.
El segundo acto corrió a cargo del ministro de la Defensa, cuya labor principal -tras la de compra de armas a granel- es llenar los cuarteles con fieles de creencias evangélicas afines al proceso. Su aptitud no está en entredicho, existe libertad de culto y así debe ser; el problema se halla en el fanatismo de ciertas sectas subvencionadas con fondos públicos.
El Gobierno se siente incómodo al ver en la Conferencia Episcopal una conciencia no sometida. En conjunto, los obispos representan el Juan Bautista al que Herodes necesita trozar la cabeza, y dejar así de escuchar su voz acusatoria sobre los atropellos cometidos.
Idéntica actitud la tomó en su tiempo Enrique VIII de Inglaterra ante la negativa del papa Clemente VII de avalar sus connivencias amatorias. La llamada Acta de la Supremacía aprobada por un Parlamento timorato y sumiso a cuenta de prebendas, hizo posible el resurgir de la Iglesia Anglicana.
¿Se realizó la acción en nombre de la sacrosanta soberanía nacional? Los historiadores hablan de arrogancia real, demostrada al adjudicarse el monarca el título de jefe de la Iglesia naciente.
Enrique de York pudo realizar tales extravagancias al intuir astutamente que el arma absoluta, al momento de comprar conciencias bajo despóticas formas legales, es el dinero.
Se benefició de un parlamento hecho a su anchura. Éste le entregó sumisamente el poder. Las leyes las hacía él y las refrendaban en la cámara.
¿Alguna similitud con la actual situación nacional? No, es idéntica. Chávez necesita con apremio una Iglesia católica reformada que bendiga sus actitudes desatinadas. Esto recuerda la existencia de un lienzo de Enrique VIII, pintado por Hans Holbein, cuya semejanza con el rostro actual del Presidente es asombrosa.
¿Pura coincidencia o analogía histórica? Ambas cosas. 

 

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