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Corea del Norte,donde la conciencia de la humanidad es aplastada

19 diciembre 2011 Los comentarios están cerrados

El Nacional/Cubanitoweb

Un relato inverosímil de un venezolano que sufrió presidio en Corea del Norte, siendo comunista, y es salvado por la democracia, ironías de la vida….

Milagros Socorro

Alí Lameda

El escritor Alí Lameda fue el primer latinoamericano en sobrevivir a una cárcel de la República Popular Democrática de Corea del Norte.

Acusado de ser un agente de la CIA, permaneció siete años en campos de concentración y prisiones del gobierno norcoreano. Fue una víctima de la revolución internacional, un comunista preso en un país socialista y rescatado gracias a las gestiones de un gobierno con el cual nunca se identificó: el venezolano. Hoy un centro de rehabilitación, inaugurado por Tarek William Saab, lleva su nombre y uno de los personajes relacionados con su experiencia es referencia común cuando se habla de la política venezolana: Fidel Castro. Esta es una historia estremecedora.

Comunista desde chiquito
Alí Lameda nació en 1923, en San Francisco, una pequeña aldea del estado Lara, vecina de Carora, donde creció y se graduó de bachiller en 1939, a los 14 años de edad, cuando ya era poeta, alumno del célebre Cecilio Zubillaga Perera, “Chío Zubillaga” -quien lo inició en la lectura de Marx, la Biblia y El Quijote-; y también era ya comunista, si se toma en cuenta la tesis con la que obtuvo el grado de bachiller, una exposición sobre el origen del universo que daba un rodeo a la intervención divina y que por poco le cuesta el diploma, porque resulta que en la exposición del trabajo de grado estaba presente el padre Montes de Oca, autoridad irreplicable en la zona, quien le preguntó al tesista por el papel de Dios en la creación descrita en su texto. A lo que el imberbe Lameda respondió: “Dios no existe”. Y si no lo rasparon, como quería el cura, fue por la mediación de Chío Zubillaga.

Tras un frustrado intento de estudiar Medicina en Bogotá 1941-1943), Lameda regresó a Barquisimeto y se dedicó a lo que él llamó “periodismo de provincia”. En 1944 se fue a Caracas y comenzó a trabajar en el semanario Fantoches ; un año después iniciaría su colaboración con El Nacional, que perduraría incluso cuando se marchó a Polonia en 1948 y luego a Checoslovaquia. En 1949, publicó su poemario Polvo en el tiempo. Volvió a Venezuela en 1952 y ya al año siguiente comenzó a publicar, en El Nacional una columna de crítica literaria, que tituló, por sugerencia de Miguel Otero Silva, “El cura y el barbero” (1953-57).

En 1957 regresó a Europa para ejercer funciones como militante comunista. Se radicó por dos años en Italia, donde trabajó como corresponsal de este diario; y en 1959 se fue a Berlín, donde residió hasta abril de 1965, cuando recibió una oferta de trabajo del partido de gobierno de Corea del Norte para integrarse al Departamento de Publicaciones Extranjeras, dependencia del Ministerio de Asuntos Exteriores de Corea del Norte, con la misión de traducir al castellano los discursos de Kim Il-Sung, tarea que haría a partir de las versiones francesas hechas, entre otros, por el escritor Jacques Sedillot.

“El compañero es agente de la CIA”
Al principio, Lameda estaba conforme con su nueva posición. Y así se lo hizo saber a sus familiares, a quienes, en frecuente correspondencia, les contó que allí lo trataban bien, que tenía un apartamento y un carro con chofer (que le cambiaban semanalmente, de manera que nunca pudo establecer una relación amistosa con ninguno de sus conductores). Pero muy pronto comenzó a resentirse por la soledad y el aislamiento al que eran sometidos los extranjeros en ese país, un asunto que a él le afectaba especialmente por su personalidad comunicativa (“Era tan conversador y tan brillante en su cháchara, que podías amanecer escuchándolo”, dice su hermana Nelly).

En sus cartas, Lameda tenía expresiones críticas sobre la situación en Corea del Norte y la inmensa pobreza en la que estaban sumidos sus habitantes; decía que ése no era el comunismo con el que él había soñado, que era tal la miseria de los esforzados y sufridos coreanos, que se comían todo lo que volara… menos los aviones. Ignoraba que, además de sus naturales corresponsales, las epístolas eran leídas por el servicio secreto coreano.

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