Carlos Alberto Montaner/Cubanitoweb
Una república latinoamericana e hispanocatólica

Las Huellas morales de la Revolución
En enero de 2009 se cumple medio siglo del comienzo de la Revolución comunista en Cuba. Hasta 1959, la sociedad cubana vivía dentro de las coordenadas culturales latinoamericanas, un territorio que va desde la muy europea Argentina hasta Guatemala, de raíces y costumbres indígenas. En el terreno moral, los cubanos —aunque no fueran particularmente religiosos— suscribían los valores de la vieja tradición hispanocatólica, matizados por cierta influencia africana en el terreno de las devociones.
Aunque la cubana era —como la uruguaya y la costarricense— una sociedad sin manifestaciones extremas de religiosidad, a mediados del siglo XX la inmensa mayoría de la población estaba bautizada, se decía creyente y buena parte de los grupos sociales urbanos medios y altos se educaban en escuelas católicas o protestantes. En suma, los cubanos de entonces llevaban la impronta religiosa y moral del cristianismo, con su particular valoración ética de la realidad y la hipotética sujeción a los códigos de esa tradición religiosa.
Entre los dirigentes cívicos de todas las tendencias, eran frecuentes el culto y la referencia a las revoluciones norteamericana y francesa, y las creencias políticas de los cubanos eran las de los pueblos republicanos surgidos de la Ilustración: democracia, pluripartidismo, gobierno limitado, separación de poderes, derechos naturales inalienables —incluida la propiedad privada—, constitucionalismo e igualdad y subordinación de todos al imperio de la ley. Lo demuestran las cuatro constituciones redactadas en el siglo XIX, mientras los cubanos luchaban contra España (Guáimaro, 1869; Baraguá, 1879; Jimaguayú, 1895, y La Yaya, 1897),, y las dos promulgadas tras el fin de la Colonia; todas reveladoras de valores republicanos clásicos, aunque, ya en el siglo XX, al ordenamiento convencional republicano se le fueran agregando convicciones extraídas del recetario socialdemócrata, como en la Constitución de 1940 y en los programas del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), del ABC y del Partido Ortodoxo.
El campo de las ideas económicas estaba condicionado por creencias afines. A mediados del siglo XX, pese a los constantes llamados a la “justicia social”, los cubanos eran individualistas, particularmente emprendedores y defendían la propiedad privada. Los campesinos soñaban con ser dueños de su parcela de tierra, y en las ciudades se creaban numerosas empresas y establecimientos comerciales. El historiador y geógrafo Leví Marrero[1] aseguraba que en esa época Cuba tenía el mayor número de establecimientos comerciales por millar de habitantes en todo el continente latinoamericano. Incluso los elementos más radicales, lejos de condenar el capitalismo, defendían el reparto de los latifundios para crear una masa de campesinos propietarios.
Vale la pena reproducir un breve párrafo de La historia me absolverá, el célebre discurso de Fidel Castro, donde describe la atmósfera política de aquel convulso 1952:
Os voy a referir una historia. Había una vez una república. Tenía su Constitución, sus leyes, sus libertades, Presidente, Congreso, tribunales; todo el mundo podría reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo y ya sólo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos, y en el pueblo palpitaba el entusiasmo. Este pueblo había sufrido mucho y si no era feliz, deseaba serlo y tenía derecho a ello. Lo habían engañado muchas veces y miraba el pasado con verdadero terror. Creía ciegamente que éste no podría volver; estaba orgulloso de su amor a la libertad y vivía engreído de que ella sería respetada como cosa sagrada; sentía una noble confianza en la seguridad de que nadie se atrevería a cometer el crimen de atentar contra sus instituciones democráticas. Deseaba un cambio, una mejora, un avance, y lo veía cerca. Toda su esperanza estaba en el futuro.
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