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Pérez Roque y Cantinflas

27 octubre 2008

Cubaencuentro/Cubanitoweb 

Felipe Pérez Roque, durante su visita a España. (AP)

Felipe Pérez Roque, durante su visita a España. (AP)

Entre el 20 y el 21 de octubre estubo en México el canciller de los Castro. Felipe Pérez Roque firmó tratados, estiró el chicle, lloró los estragos de los huracanes Gustav e Ike, anunciará el fin del capitalismo por la recesión y le echará la culpa a la naturaleza —nunca al sistema— de la ruina cubana.

Fue recibido por la secretaria de Relaciones Exteriores, Patricia Espinosa Castellano, cuyo Partido Acción Nacional es despreciado por el régimen de La Habana, en particular su presidente, Germán Martínez Cázarez, y sobre todo su ideario, tachado de “neoliberal”, “burgués” y “pro yanqui” por su enemigo ideológico: el Partido Comunista de Cuba, ahora también enemigo del PRI, tras adscribirse su antiguo aliado a la socialdemocracia.

Será un feo, grotesco homenaje a Mario Moreno, Cantinflas, impar comediante que también encarna el arte de hablar y no decir nada, de crear su propio verbo: cantinflear. Así lo padecerán el subsecretario Gerónimo Gutiérrez, el embajador de México en La Habana, Jiménez Remus; la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado y —por el implícito apoyo de los Castro a grupos extremistas— el secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño.

Lloverán referencias a siglos de hermandad, que por supuesto poco tienen que ver con las relaciones gubernamentales entre una democracia y la más vieja —inicia su noveno sexenio— dictadura en la historia del continente. También, desde luego, caerán granizadas de silencio sobre los derechos humanos, mientras se observa cómo las encuestas favorecen a Obama frente a McCain, su inevitable incidencia —¿cambios?— en el Caribe-2009.

La retórica del cariñito

En un teatral salón de protocolo, entre sonrisas de la corte de Viena, se firmarán documentos de “por cuanto” y “por donde”, de “ambas partes establecen” y “se obligan a”. Los compromisos bilaterales aparecerán en los medios como un redimensionamiento de las relaciones, como un triunfo de la IV Sesión de la Comisión Mixta, de Juárez, Martí y hasta Cuauhtémoc.

Por obvio —y no admitirlo desconoce una larga lista de evidencias en cualquier continente— se esconderá que los ancianos ex guerrilleros tienen por costumbre pisotear papeles, sean de la ONU o del Vaticano, de un banco suizo o de la residencia oficial de Los Pinos.

Aunque a estas alturas del juego castrista no se admiten ardides del chivo cuidando hortalizas, se entiende lo que el sustantivo geopolítica resume, mucho más en una zona que tanto involucra a México. También se entiende la no injerencia, la relación Estado-Estado, la articulación hegemónica con Venezuela, la fuerte penetración de Brasil en la zona a través de su canciller Celso Amorim, hasta la tan desprestigiada OEA —vía Churubusco— como potencial mediadora de un arreglo entre Cuba y EE UU, de ganar Obama.

Y algunos podríamos verlo como la opción mexicana de producirse un cambio en la cúpula de poder en Cuba, con las ventajas que significaría frente a Washington, pues la variante enriquecería el espectro de vías a seguir para un país descapitalizado y roto, fértil en recursos humanos pero sin relaciones de producción dinámicas, redituables.

Lo difícil de digerir es la retórica del cariñito, del no ha pasado nada; lo del panista Fox como pretérito anterior —el repudio al perspicaz canciller Jorge Castañeda, intelectual avispado y sin mandato—; lo de unidad en la diversidad con un régimen en declive, pero con más de trescientos presos políticos, entre ellos alrededor de 20 periodistas —según Amnistía Internacional y Reporteros sin Fronteras—, y leyes que en México causarían una guerra civil, como la retención del permiso de salida del país a más de 400 disidentes.

No hay ni un pedazo de duda acerca de que los 500 milloncitos de dólares que La Habana dilapidó y ahora le debe a los contribuyentes mexicanos, seguirán renegociándose daiquirí a daiquirí con Morfeo, bajo el suave arrullo de las olas. Los mexicanos que desembolsaron el jugoso crédito, como los rusos que le regalaron 40.000 millones de dólares a sus disparatados planes económicos, mejor le piden un dólar al Comandante para jugárselo a la lotería.

Ni secos ni mojados

El convenio clave, sin embargo —vuelve la caricatura de Cantinflas—, son los miles de ansiosos isleños que arriban a México para huir, la mayoría para utilizarlo de puente hacia Estados Unidos, aprovechar la Ley —sólo para cubanos— que exige poner pie en tierra de Lincoln para otorgar asilo.

En este punto hay contradicciones, diferendos, dinero de por medio. El “State Department” tiene una convincente cuota de influencia, bajo la debatida ley que legalizaría a los emigrantes hispanos sin papeles, el reforzamiento de la cerca fronteriza y la contradicción entre lo que desea México para sus naturales y lo que hace con centroamericanos y cubanos.

En el cantinfleo no se distinguirá entre los que lleguen a Cancún en un yate de recreo y los que arriben en una balsa armada con cuatro cámaras de tractor y tres tablas. Y me parece bien —lo malo es devolverlo—, pues todos son cubanos con el mismo anhelo de libertad.

El lío está entre los que llegan por tierra —Guatemala, Belice, aeropuertos— y los que lo hacen por mar, cuyos gastos de repatriación los Castro no desean asumir, con el pretexto de combatir a los traficantes de seres humanos, aunque para la vida de los prófugos sea más segura una lancha rápida que un desvencijado bote robado en un puerto pesquero. ¿O no es para evitar ahogados que se firma el tratado?

En marzo de 1952, el entonces hombre duro de Cuba, Fulgencio Batista, derribaba el gobierno democrático y se instalaba en la presidencia, rompía el precario equilibrio de la sociedad civil y abría el camino a la lucha armada. Uno de los primeros gobiernos en reconocerlo fue el de Adolfo Ruiz Cortínez. México —como Estados Unidos y tantos otros países— ponía los más anochecidos espejuelos ante el golpe de Estado.

Los aguaceros caídos de entonces a hoy impiden una analogía exacta. No así observar los cantinfleos del ex secretario del Castro mayor. Cuando le pregunten por qué el mejor novato cubano en Ligas Mayores —Alexei Ramírez— no puede entrar a Cuba a ver a su familia, contestará que el Popocatpetl es majestuoso; cuando le pregunten sobre dar tierra en propiedad a campesinos, responderá que promete leer a Juan Rulfo. Y así. Sí pero no. Pues e imagínese. Ahorita le cuento.

¿Qué gana México con respaldar a una dictadura comunista, que recuerda su propia tradición de caudillos e intolerancias? ¿En qué se parecerían respecto de Cuba Felipe Calderón y Adolfo Ruiz Cortínez? ¿Cuánto no dirá diciendo —cotorreando— el canciller Pérez Roque? Cantinflas tiene las respuestas, aunque aquí prefiere el título de una de sus recordadas películas: Abajo el telón.

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